Si creías que no te gustaba el golf este alucinante golpe de Jon Rahm te hará cambiar de opinión

¿Deporte de altísima competición o pasatiempo privilegiado de un puñado de hombres con mucho tiempo libre y demasiado dinero? La consideración popular del golf siempre ha oscilado entre lo reverencial, fruto de su larga historia y tradición, y lo frívolo, resultado de su posición como entretenimiento de prestigio. Su carácter técnico (esos golfistas oriundos desprovistos de toda forma física) y su lejanía de los cánones clásicos (no es olímpico) lo han relegado al tercer renglón de la atención mediática.

Al menos en España. Craso error.

El golf es un deporte tan apasionante como espectacular. Sucede que hay que comprenderlo. Aunque no siempre. En ocasiones, se abre a la percepción popular de forma directa y visceral, pura emoción. Lo ilustra el golpe ejecutado ayer por Jon Rahm, número 2 del mundo nacido a escasos veinte kilómetros de Bilbao, durante su sesión de práctica en el Masters de Augusta, uno de los cuatro torneos más importantes del circuito internacional. Es inútil explicarlo, hay que verlo:

La secuencia es magnética. Apostado frente a un enorme estanque, Rahm golpea la pelota con energía pero a ras de suelo. La bola sortea el hundimiento en tres ocasiones distintas antes de aterrizar sobre el verde. Allí inicia una parábola fabulosa, una semicircunferencia hipnótica que recorre la mayor parte del césped al otro lado del lago. Cada centímetro recorrido le resta una pizca de velocidad, la suficiente como para introducirse mansamente en el ansiado hoyo.

Es un golpe perfecto, sólo concebible en la imaginación más fantasiosa del aficionado. Y sin embargo es un golpe real, tangible, ensayado cada año por decenas de jugadores y cuadrado por un grupo reducido de maestros. Rahm se cuenta entre ellos. Desde otra perspectiva:

La historia es la siguiente: todos los años los participantes del Masters reconocen el circuito días antes de que comience la competición, en una tradición de largo recorrido. Dada la solera del torneo, quizá el más prestigioso de cuantos pueda anhelar un golfista profesional, los hoyos, cuya disposición no ha variado en muchas décadas, cuentan con su propia mística, con su propio relato. El que nos ocupa hoy es el número 16, y su particularidad es evidente: se disputa sobre un enorme lago.

Durante la competición, el hoyo se juega en unos tres golpes (par 3). Los golfistas sortean el estanque con un primer golpe inicial muy fuerte que aterriza la pelota en el tapiz verde que rodea al agujero. Desde allí realizan otro golpe de aproximación y uno de cierre. La suerte de cada jugador puede variar, pero hay una constante: el primer golpe, el “tee”, siempre supera la totalidad del estanque con un vuelo de largo recorrido. El lago así es un aderezo, un adorno (en este hoyo fue donde Tiger Woods cuajó uno de sus golpes más alucinantes en 2005, por cierto).

Sucede que durante el entrenamiento previo al torneo los golfistas disponen de varias oportunidades para salirse del guión. Cuando se aproximan al agujero 16, ensayan su golpe inicial primero y se acercan a la orilla del estanque después. En ese momento los espectadores entonan una cantada ya familiar: “Skip it, skip it“. Sáltalo, sáltalo. La tradición indica que el jugador debe colocar una pelota a los pies del agua y golpearla con el suficiente arte como para que rebote sobre la superficie y aterrice al otro lado del lago. Un pequeño regalo para los aficionados.

Un ejemplo de muchos:

Es habitual cruzar el estanque (con tres o seis rebotes sobre el agua), pero es muy excepcional que en el mismo golpe la pelota entre en el agujero. El hoyo en uno, de por sí meritorio durante cualquier competición, se convierte así en una tarea imposible. La bola debe salir repelida del agua, dibujar una parábola improbable y adentrarse en la oscuridad del hoyo.

Es lo que hizo Jon Rahm ayer y el motivo por el que los ojos de media comunidad digital se han posado sobre él. Rahm se cuenta entre los favoritos para el Masters de Augusta de este año, disputado sin público (de ahí la frialdad con la que el golpe fue acogido a pie de pista) y meses después de sus fechas habituales (en abril). Es uno de los pocos golfistas que ha conseguido al menos un título PGA en cada uno de los dos últimos años y aspira a emular los éxitos de Ballesteros, Olazábal y García.

¿Sirve el golpe de ayer como adelanto de sus prestaciones este fin de semana? Puede que sí, puede que no. Sólo un puñado de golfistas consiguieron un hoyo uno a los pies del estanque, y ninguno de ellos venció el torneo en aquella misma ocasión. El primero del que se tiene prueba audiovisual fue Vijah Singh, en 2009 (30º, aunque lo había ganado en dos ocasiones anteriores). El segundo, Martin Kaymer, en 2012 (44º).

Hay además un caso especial: el de Louis Oosthuizen en 2016. Solventó el hoyo 16 con un solo golpe durante el torneo. Lo hizo desde el “tee”, no obstante, y no jugando a rebotar la bola sobre el agua como Rahm. Terminó 15º. En plena competición, su golpe es menos espectacular en lo visual, pero sin duda igual de impresionante.



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