Opulencia recreativa – AnaitGames

Me llamo Deborah y tengo un problema: acumulo videojuegos.

Pago dos servicios de suscripción bien nutridos, Xbox Game Pass y Apple Arcade y cada semana me lanzo sin falta a reclamar los dos títulos gratuitos de Epic Games. En Steam, GOG e itch.io amontono juegos gratuitos, regalados, comprados, cedidos o adquiridos en Bundles. Tampoco me pierdo ni una actualización de las tiendas digitales de las consolas de la actual generación, siendo los jueves el día en que hago el recorrido por las tres. Cartel o sección de ofertas que veo, siguiente destino que fijo en mi radar. Mis listas de deseados son tan largas que cuando me avisan de periodos de rebaja explota mi correo electrónico. Creo que se me ha ido de las manos.

Luego veo una oferta suculenta, un cupón regalo llega a mis manos o conozco un lanzamiento atractivo y, si puedo (sobre todo económicamente), es otro videojuego que añado a mi colección. De repente se me olvidan los centenares de títulos pendientes. Da igual que tenga algunos que llevan cinco años o más cogiendo polvo en mis estanterías físicas y digitales. Da igual que si calculo la media de horas por título y lo multiplico por la aberrante cantidad de experiencias sepa que me voy a llevar a la incineración la mitad de ellos sin ni siquiera empezarlos. En mi cabeza sigo haciéndome ilusiones de que no será así, de que milagrosamente tendré un espacio-tiempo para mí en que acabaré todos los juegos que tengo pendientes.

Un euro por aquí, otro por allí. Puntos que gasto, puntos que gano. Entonces llega la hora de pagar, pero… Parece que las razones por las que es una mala idea comprar otro juego se ven eclipsadas por los pretextos que entonces piensa mi cabeza a toda velocidad. «Algún día lo jugaré». «Lo cojo por si me entran ganas de probarlo más adelante». «Es una gran oferta». «Puede que no vuelva a estar así de barato». «A ese precio es casi regalado». «No pierdo nada por tenerlo». Por si acaso. Por si acaso. Por si acaso. La mente llena de «por si acaso», el corazón excitado y las plataformas saturadas de videojuegos. Estas ganas estarían más limitadas si los videojuegos a los que aspirase fuesen triples A relucientes, títulos de coleccionismo retro o ediciones especiales. Pero la verdad es que mi cartera se resiente poco debido a mi amor por los videojuegos independientes.

No obstante, al margen de los oscuros rincones de Internet, les jugadores lo tenemos fácil para llegar a acumular una gran cantidad de títulos sin que nuestra cuenta bancaria se vea excesivamente afectada. Gracias a eso, la mayoría de nosotres hemos reunido una extensa colección con solo estar atentes a distintas vías, sobre todo en los últimos años. El incremento en lanzamientos que bajan de precio días después y los paquetes de videojuegos, la cesión de títulos de forma gratuita, los canales de ofertas, los servicios de suscripción, la redirección al formato digital, la recuperación de títulos clásicos y otras tácticas han colmado la mayoría de nuestros sistemas de juego. Sin embargo, a medida que sumábamos obras a las ya acumuladas, la necesidad no se ha visto reducida, provocando la aparición de un ciclo «más es más» del que salimos surtidos con nuevos títulos pero en el cual tenemos, en general, las mismas probabilidades de jugarlos.

Si bien el medio en el que nos movemos acentúa la acumulación con métodos propios, como grandes ofertas, ediciones coleccionistas atractivas, una cantidad significativa de novedades y el anuncio de experiencias innovadoras, amontonar no es exclusivo de quienes adoramos los videojuegos. Tal y como pasa en otros pasatiempos y gustos personales, el inacabable fondo de obras entra dentro de lo que las comunidades de aficionados consideran «normal». Se habla de ello como de un chiste interno o de algo «normal», un rasgo que solo entienden quienes sienten verdadero aprecio y se comprometen con el ocio que han elegido. Comprar cuando aún tenemos muchos libros, camisetas o videojuegos esperándonos en casa es algo que produce un cierto placer, porque detrás de esa sensación hay la creencia de que lo hacemos por una buena razón. En el caso de los videojuegos, ya sea por curiosidad, por aprender de otras experiencias o por seguir una saga a medias. De una manera u otra, siempre hay un motivo elevado que justificada parte de nuestros impulsos mercantiles.

En el campo psicológico, los expertos señalan que almacenar posesiones puede deberse a distintas razones, aunque en su mayoría se engloban en seis grandes bloques. Así, es habitual hacerlo por buscar seguridad en ellas, sentir que cuanto más tengamos, mejor, buscar la admiración de otras personas, anclarnos en el pasado y a las emociones que nos suscitaron esos objetos, decepcionar a los demás rechazando regalos y el miedo a los cambios por la pérdida de control que suponen. A grosso modo, el consumismo está muy presente. Además de su influencia, a la que estamos expuestos permanente, como jugadores tenemos una relación característica con la manera peculiar en la cual gestionamos nuestros hábitos de compra. En mi caso, haber perdido casi todas mis posesiones en una etapa determinante de mi vida ha provocado que ahora tenga un miedo permanente a que vuelva a suceder. Para suavizarlo, almaceno.

Asimismo, este depósito de emociones y videojuegos puede verse ampliado sustancialmente en épocas peliagudas. Por ejemplo, el escenario actual ha sido un terreno idóneo para acumular ocio pendiente sin límites y a la vez sentirnos presionados por rebajar las pilas de juegos pendientes.  A medida que las malas noticias y las medidas restrictivas nos han empujado al hogar en los últimos meses, las películas, series, libros y videojuegos pendientes se han multiplicado. Pero, por mucho que aumente su número, parece que nunca son suficientes para llenar los huecos del entretenimiento. Por eso, nuevos «por si acaso» se suman a los anteriores antes de confirmar la compra. «Al estar en casa es probable que ahorre más», «debemos ayudar a les creadores comprando sus obras», «esto va para largo, así que tendré tiempo» y «encerrada solo me queda el ocio casero». No dudo de mis buenas intenciones con algunas de las últimas adquisiciones, como por ejemplo mantener un mínimo mi salud mental y ayudar a que les autores puedan sobrevivir. El problema es que empieza a volverse un hábito.

Siendo así, al final no disfruto ni de adquirir ni de jugar a un nuevo título. Cada vez lo hago de manera más mecánica. Un poco para aliviar la inquietud del escenario presente, otro por dejar de pensar un rato y bastante por bajar la lista de pendientes que nunca consigo disminuir al ritmo que añado más. Tacho y sigo con otro videojuego, mirando lo justo a la pantalla y prestando poca atención a mis manos. Esa actitud, que estoy tomando al verme sobrepasada por tantos juegos, se traduce en saltar constantemente de un título a otro sin acabar ninguno, no tolerar la dificultad por mínima que sea y a veces perder el hilo de lo que me quieren decir. Mi reacción es excusarme internamente porque pienso que esa obra no es para mí o ha llegado en un momento delicado, echando a perder la riqueza y los beneficios que pueden aportarme. Entonces abandono el juego. A fin de cuentas, es fácil hacerlo y tengo cientos de ellos esperándome en todas las plataformas. Engullir y vomitar. Comprar y consumir.

Con la idea de romper ese círculo vicioso, he decidido practicar una especie de ayuno. El primer paso ha sido finiquitar todos los videojuegos empezados desde hace unas semanas y no cambiar a otros hasta acabarlos, lo cual ha requerido concentración y disciplina por mi parte. Haciéndolo he descubierto títulos que me encantaban pero había dejado de lado, otros que había olvidado por completo y algunos que no son de mis favoritos pero una vez terminados tienen mi cariño. De esa manera he conseguido ordenar la nada desdeñable cantidad de videojuegos que me esperan y darles una fecha estimada para jugarlos. Dado que la cifra total es bastante elevada, el segundo paso ha sido mentalizarme de que antes de comprar nuevos videojuegos debo priorizar los que ya tengo en mis plataformas. Aunque reconozco que alguna vez caigo y me hago con un lanzamiento reciente, intento tener el suficiente control sobre mí misma para preguntarme si realmente es lo que quiero o solo estoy aumentando otra vez la pila.

La finalidad de este peculiar proceso es descubrir las razones que me llevan a acumular videojuegos e intentar frenar esos impulsos que, en el fondo, solo empañan uno de mis pasatiempos favoritos. Adueñarme de lo que compro, de lo que juego y de lo que me aporta me hace ser consciente de quién soy y de cómo me relaciono con los videojuegos. No quiero que en ella predominen la ansiedad, la culpabilidad ni la presión por comprar y jugar a miles de títulos. Porque lo que para mí es valioso no es tener la mayor colección de videojuegos sin apenas haberlos disfrutado, sino deleitarme con lo que me espera en cada uno de ellos. Es probable que nunca acabe de jugar a toda mi biblioteca ni consiga tener todas las obras que quiero, pero eso forma parte de mis límites como persona. Y si eso equivale a frenar un poco mi consumismo y saborear cada una de las experiencias el tiempo que considere necesario, tampoco me parece tan mal.

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